Este verano me ha tocado estar al otro lado. No como opositora, sino como miembro de tribunal en las oposiciones de Secundaria en Aragón en mi especialidad: Administración de empresas. Y tengo que decirlo con todas las letras: ha sido agotador.
Siempre se habla —y con razón— de lo duras que son las oposiciones para quienes se presentan. El esfuerzo, la incertidumbre, los nervios, el calor, la presión… Pero pocas veces se escucha a quienes estamos al otro lado de la mesa. Y no, no es más fácil. Ni más cómodo. Es diferente, pero igual de exigente. Incluso, en algunos aspectos, más frustrante. Tienes que dejar tu centro, en mi caso además este año con el cargo de jefatura de FP, en mi caso mi casa, y estar desplazada en otra ciudad, y toda tu vida aparcada, dedicada sólo a este proceso.
Las jornadas han sido eternas, con trabajo acumulado fuera de horario, decisiones complejas que tomar sin tiempo para digerirlas, y la constante sensación de estar en el centro de un proceso que no estaba bien armado desde el principio. Muchos de los problemas que se han vivido eran perfectamente previsibles.: calor, falta de tiempo,… Y, sin embargo, ahí estábamos, enfrentándonos a ellos sin herramientas suficientes.
No quiero sonar derrotista, pero sí sincera: este proceso ha dejado mucho que desear. Para opositores y para tribunales. Ha sido un fiasco. Así lo están definiendo muchas personas que lo han vivido desde ambos lados. Y no lo digo con ligereza: lo digo desde la experiencia, desde el cansancio y desde la responsabilidad que conlleva tener que evaluar a personas que se juegan tanto en un solo examen.
El Departamento de Educación ha lanzado una encuesta para recoger impresiones, tanto de opositores como de miembros de tribunal. No sé si servirá de algo, pero al menos he tenido la oportunidad de expresar lo que muchos sentimos: que esto no puede volver a repetirse así.
Ojalá que los próximos procesos se hagan con más sentido común, con más planificación y con más empatía. Que haya rúbricas claras antes de examinar. Que se calibre el tiempo necesario para resolver el examen. Y, por supuesto, que se tengan en cuenta las condiciones en las que se realiza una prueba tan importante. Porque el calor extremo en muchas sedes no es un detalle menor: es una falta de respeto a quienes están dando lo mejor de sí.
Ojalá. De verdad. Que algo cambie. Porque merecemos procesos más justos. Porque se puede hacer mejor. Porque hay muchas personas dejando la piel por formar parte de la educación pública, y no podemos seguir permitiendo que todo dependa del azar, la improvisación o el agotamiento.
Gracias a quienes me habéis acompañado en este proceso. A quienes lo han vivido con profesionalidad, con respeto, con ganas de hacerlo lo mejor posible. No ha sido fácil. Pero al menos, que sirva para aprender algo.

